Poderozo: el muralista que convirtió las bardas de Veracruz en memoria urbana

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En abril de 2026, México despidió a una de las últimas figuras vivas del muralismo clásico: Melchor Peredo García, artista que convirtió la historia y las calles de Xalapa en parte de su obra cotidiana. Su muerte, a los 99 años, marcó para muchos el cierre simbólico de una generación que heredó directamente la época dorada del muralismo mexicano.

El muralismo nació formalmente después de la Revolución Mexicana, durante la década de 1920, cuando el gobierno impulsó el arte público como una herramienta para narrar identidad, historia y transformación social a través de enormes murales en edificios, escuelas y espacios públicos. Más de un siglo después de aquel movimiento encabezado por figuras como Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, las paredes del país continúan funcionando como espacios de expresión colectiva, aunque ahora desde otros códigos visuales y urbanos.

El tiempo y la pasión por la pintura pasan de generación en generación. Aunque las técnicas evolucionan, los muros siguen dialogando con la ciudad y con quienes la habitan. Hoy, nuevas corrientes urbanas y estilos reinterpretan esa tradición y formas de entender la calle.

En Veracruz, uno de esos nombres es Miguel Ángel Rodríguez Marín, mejor conocido como Poderozo, un artista urbano que encontró en las bardas deterioradas un espacio para transformar concreto abandonado en color, identidad y memoria visual.

Desde hace varios años, sus murales comenzaron a surgir en distintos puntos del puerto: Chivería, Pocitos y Rivera, Río Medio, Reserva, Formando Hogar y especialmente el emblemático Barrio de La Huaca, donde la salsa, el carnaval y la cultura popular terminan mezclándose con aerosol, color y concreto.

Chiquito Team Band firmando mural de Poderozo.

Muchas de esas bardas llevaban años deterioradas o cubiertas por publicidad desgastada, hasta que comenzaron a transformarse en retratos de salseros, personajes populares y escenas ligadas a la identidad del puerto.

Un poco de su historia: del grafiti clandestino al mural urbano

Poderozo comenzó a interesarse por el grafiti desde la adolescencia. Fue durante la secundaria cuando tuvo contacto por primera vez con exposiciones urbanas y comenzó a pintar junto a amigos, inicialmente sin permisos y de manera clandestina.

Con el paso del tiempo, desarrolló su técnica de forma completamente empírica: observando a otros muralistas, viendo revistas, estudiando videos y practicando bajo prueba y error hasta construir su propio estilo visual.

Años después, tras dedicarse a trabajos de publicidad, serigrafía y rotulación, retomó el muralismo con una visión distinta sobre el impacto que el arte urbano podía tener dentro de la ciudad.

Actualmente, la firma “Poderozo” aparece en decenas de murales distribuidos en distintos sectores de Veracruz.

La salsa como identidad visual de Veracruz

Uno de los elementos que más llamó la atención en el trabajo de Poderozo fue convertir la salsa en parte del paisaje urbano.

Las paredes comenzaron a llenarse con los rostros de Héctor Lavoe, Willie Colón, Rubén Blades, Frankie Ruiz, Celia Cruz, Johnny Pacheco y otros exponentes históricos del género. Miguel Ángel Poderozo tiene un propósito, y es derramar salsa picante en la arena del hermoso Puerto de Veracruz.

Héctor Lavoe.

El Barrio de La Huaca terminó convirtiéndose en uno de los principales escenarios de ese proyecto visual y cultural, no solo por su historia ligada al carnaval y la música afrocaribeña, sino porque muchos habitantes adoptaron los murales como parte de la identidad del lugar. El orgullo se siente en cada paso que se da por la huaca.

Uno de los momentos que más resonó fue cuando Willie Colón compartió en redes sociales uno de los murales realizados por el artista veracruzano, dando visibilidad internacional a su trabajo.

Con el paso de los años, varios de los artistas homenajeados han visitado personalmente las obras inspiradas en su trayectoria. Un ejemplo reciente ocurrió en 2026, cuando integrantes de la agrupación Chiquito Team Band acudieron al tradicional barrio de La Huaca para firmar el mural realizado en su honor, compartiendo música, baile y momentos de convivencia con los habitantes del puerto.

Asimismo, durante mayo de este año, el legendario luchador Tinieblas visitó la Arena Jarochos, donde dedicó unas palabras de reconocimiento al mural que retrata su icónica carrera dentro de la lucha libre mexicana.

Mural en proceso.

Más que aerosol

Durante años, el grafiti fue estigmatizado y reducido a una expresión de vandalismo. Sin embargo, para Poderozo, el arte urbano atraviesa hoy una profunda transformación cultural. Más allá del reconocimiento personal, su objetivo ha sido utilizar los muros como espacios de encuentro, memoria y expresión, abriendo camino a nuevas generaciones de artistas y perspectivas que durante mucho tiempo no encontraron dónde manifestarse.

Esa visión conecta inevitablemente con el muralismo mexicano, movimiento que convirtió las paredes del país en lienzos de identidad y narrativa social. Hoy, desde otros códigos visuales y culturales, el arte urbano continúa apropiándose de calles y bardas para contar historias. En Veracruz, ese diálogo cobra forma entre salseros, comparsas, humedad, concreto, aerosol y el inconfundible color caribeño que distingue al puerto.

Pintar para recuperar espacios

Para Poderozo, cada mural también representa una manera de transformar lugares olvidados. Muchas de las bardas que interviene llevaban años deterioradas o sin mantenimiento. Antes de pintar, suele buscar a los propietarios para pedir autorización; si no encuentra respuesta y el sitio permanece abandonado, decide intervenirlo para darle una nueva imagen al entorno.

El proceso puede tomar varios días y muchas veces es financiado con sus propios recursos. Algunos proyectos surgen por invitaciones de negocios, vecinos o eventos culturales que buscan convertir una pared vacía en algo que dialogue con la comunidad.

Entre ellos destaca el mural dedicado a Germán Montalvo, conocido como «El Pirata de la Salsa«, cantante y compositor veracruzano que alcanzó gran popularidad en la década de 1990 con temas como «Pegaito» y «El Pirata«. La obra, ubicada en el histórico barrio de La Huaca, forma parte de una serie de homenajes a figuras que han dejado huella en la identidad musical del puerto.

Al final, dice, una de las mayores recompensas es observar cómo las personas se detienen a mirar un mural, se toman fotografías y descubren en esos colores una posibilidad artística que quizá antes no imaginaban.

En una ciudad acostumbrada al carnaval, a la música y al movimiento constante, Poderozo decidió que las paredes también podían contar historias.


Entrevista exclusiva Veritas Veracruz

1. Muchos ven un mural terminado, pero pocas veces imaginan todo lo que ocurre antes de la primera línea. ¿Cómo nace una obra de Poderozo desde la idea inicial hasta quedar plasmada en una pared de Veracruz?

R= Todo empieza mucho antes de tocar la pared. Primero observo el espacio, la colonia, la gente que camina por ahí, los colores del entorno, la energía del lugar. Para mí un mural no puede ser algo impuesto; tiene que dialogar con el sitio donde va a vivir. Después viene una etapa de investigación visual y emocional: referencias, bocetos, música, fotografías, recuerdos o historias que quiero transmitir.
Ya cuando empiezo a pintar, entra toda la parte técnica: medir escalas, preparar superficies, elegir colores y resolver problemas sobre la marcha, porque la calle siempre te obliga a improvisar. Hay calor, lluvia, humedad, tránsito, ruido, pero también hay gente que se acerca, pregunta, comparte experiencias. Ahí el mural deja de ser solo mío y empieza a convertirse en algo colectivo. Creo que esa es la magia del arte urbano: nace desde la calle y termina perteneciendo a la comunidad.

2. Vienes de una cultura ligada al graffiti y al HipHop, pero también trabajas con óleo, tatuajes y otros formatos. ¿Cómo dialogan todas esas disciplinas dentro de tu proceso creativo?

R= Para mí todo viene del mismo origen: la necesidad de expresarme visualmente. El grafiti me enseñó la libertad, el ritmo, la identidad y el valor de apropiarte del espacio público. El Hip-hop me enseñó que el arte también puede ser resistencia y comunidad. Después, el óleo, el dibujo y el tatuaje me dieron disciplina técnica, paciencia y otra manera de entender la composición y el detalle.
Al final todas esas disciplinas se mezclan naturalmente. En mis murales puedes encontrar la energía del grafiti, el realismo aprendido en la pintura tradicional, la precisión que exige el tatuaje y hasta la influencia musical que siempre está presente en mi trabajo. No las veo separadas; son distintos lenguajes que utilizo para contar historias visuales.

3. Veracruz tiene colores, humedad, caos visual, historia y hasta desgaste en sus calles. ¿De qué manera la ciudad influye en las formas, personajes o atmósferas que aparecen en tus murales?

R= Veracruz influye totalmente en mi obra porque crecí viendo esa mezcla de alegría, deterioro, música, calor y resistencia que tiene la ciudad. Aquí las paredes hablan solas: el salitre, la pintura desgastada, los anuncios viejos, los mercados, el puerto, la salsa sonando en una esquina, todo eso termina entrando al mural, aunque no lo planees.


Creo que mis personajes tienen mucho de la gente veracruzana: fuerza, barrio, identidad y también cierta nostalgia. Los colores intensos vienen del puerto, del trópico, de la humedad y de esa energía viva que tiene Veracruz. Las texturas vienen de las calles mismas. Incluso el caos visual de la ciudad me enseñó a perderle miedo a combinar elementos distintos dentro de una misma composición. Veracruz tiene una estética muy propia: alegre y dura al mismo tiempo, y eso constantemente alimenta mi trabajo.
Hay días en que siento que no soy yo quien pinta la ciudad, sino que la ciudad me pinta a mí. Porque Veracruz tiene algo que se te queda pegado en la piel: el ruido del puerto, el olor a mar, la música escapándose de una ventana, la lluvia cayendo sobre paredes viejas. Y todo eso termina convertido en color. Mis murales nacen de ahí: de intentar que una pared respire un poco de la vida, la memoria y el corazón de Veracruz.

4. En una época donde muchas imágenes duran solo segundos en redes sociales, el mural sigue siendo algo físico, público y permanente. ¿Qué buscas que la gente sienta o recuerde cuando se encuentra con una obra tuya en la calle?

R=Busco que la gente se detenga, aunque sea un momento. Que algo dentro de ellos se mueva: una emoción, un recuerdo, una pregunta o simplemente la sensación de que ese espacio ya no se siente igual. El mural tiene algo muy poderoso porque no aparece en una pantalla; aparece frente a ti, en tu rutina diaria, en tu barrio, en tu camino al trabajo o a la escuela.

También me interesa que las personas sientan identidad y pertenencia. Muchas veces trabajamos en lugares olvidados o deteriorados y el arte cambia la manera en que la comunidad mira ese espacio. Cuando alguien se toma una foto frente al mural, lleva a su familia o dice “esa pared representa algo de nosotros”, siento que la obra ya cumplió su función. Creo que ahí está la verdadera fuerza del muralismo: convertir el concreto en memoria y hacer que una pared deje de ser silencio. Porque al final, los murales no solo pintan ciudades; también pintan emociones, historias y pedazos de la gente que habita esos lugares.

5. Tras la muerte de Melchor Peredo García, uno de los últimos representantes directos del muralismo clásico mexicano, volvió la conversación sobre el papel que tienen hoy los murales en las ciudades. Desde tu experiencia en Veracruz, ¿sientes que el arte urbano y el graffiti forman parte de una nueva generación del muralismo mexicano?

R= Creo que el muralismo mexicano no desapareció; simplemente cambió de lenguaje, de materiales y de contexto. Antes los grandes murales estaban ligados a instituciones, edificios públicos y discursos políticos nacionales. Hoy yo veo cómo muchos de nosotros venimos de la calle, del grafiti y de la cultura urbana, trabajando directamente con las comunidades y el espacio cotidiano.


La obra de Melchor Peredo García siempre me pareció profundamente conectada con la historia, la identidad y la gente. Él entendía el mural como una herramienta de memoria y conciencia social. Yo creo que esa esencia sigue viva actualmente, solo que mi generación la expresa desde otros códigos visuales, otras técnicas y otras experiencias urbanas. Para mí, el muro continúa siendo un espacio de diálogo colectivo.


Desde mi experiencia en Veracruz, siento que el arte urbano sigue hablando de identidad, memoria, problemáticas sociales y cultura popular, pero ahora lo hacemos con aerosol, letras urbanas, realismo, personajes y lenguajes influenciados por el HipHop y la cultura callejera. Yo mismo he visto cómo muchos artistas estamos transformando muros abandonados en espacios de expresión cultural y colectiva, llevando arte a lugares donde antes solo había abandono o silencio.


Veo al grafiti y al muralismo contemporáneo como una evolución natural del muralismo mexicano: más libre, más cercano a la gente y conectado con las dinámicas actuales de la ciudad. Al final, tanto los muralistas clásicos como quienes venimos de la calle compartimos algo esencial: la necesidad de dejar una voz pública sobre los muros y convertir la ciudad en un espejo de su tiempo.

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