La Cueva de los Tayos, situada en la provincia de Morona-Santiago, en Ecuador, destaca desde su acceso: una entrada vertical conocida como “la Chimenea”, que exige un descenso en rápel de aproximadamente 63 metros —o cerca de 70, según distintas mediciones—. No es un sitio de acceso simple, y esa dificultad ha sido parte de su historia desde el inicio.

Antes de convertirse en un punto de interés internacional, la cueva ya era conocida por el pueblo Shuar, quienes han habitado la región durante generaciones. El nombre proviene del Steatornis caripensis, conocido como “tayo”, una especie voladora que habita en la oscuridad total del sistema y que ha desarrollado una capacidad poco común entre aves: la ecolocalización. A través de sonidos cortos y repetitivos, estos animales se orientan y se desplazan dentro de la cueva, evitando obstáculos en un entorno donde la luz no existe. Su presencia no solo da nombre al lugar, también define un ecosistema adaptado completamente a la penumbra.

Desde el punto de vista científico, la cueva es un sistema de aproximadamente 4.6 kilómetros de extensión, formado por procesos naturales en roca caliza. Hasta ese punto, no hay controversia. Sin embargo el debate comienza en 1969.

El origen del misterio moderno
En 1969, el explorador Juan Móricz marcó un antes y un después en la historia del sitio. Ese año no solo afirmó haber encontrado estructuras que no correspondían a formaciones naturales, también llevó su declaración al plano institucional: el 24 de junio presentó su hallazgo ante el entonces presidente José María Velasco Ibarra y semanas después lo formalizó mediante un acta notarial en Guayaquil.


Este registro lo posicionó como el primer explorador en documentar oficialmente un descubrimiento vinculado a la cueva. Posteriormente, con apoyo de la Corporación Ecuatoriana de Turismo, encabezó una expedición inicial enfocada en el reconocimiento del sistema, acompañado por un equipo técnico y logístico. Las imágenes obtenidas mostraban amplias galerías y formaciones subterráneas que, por sí solas, ya resultaban inusuales.

Sin embargo, la segunda etapa de la expedición —planteada para confirmar la existencia de la llamada “biblioteca metálica”— no llegó a realizarse. Esa ausencia de verificación terminó siendo determinante: dejó una afirmación registrada, pero sin evidencia comprobable.

El factor Crespi: piezas reales, interpretaciones abiertas
El caso tomó otra dimensión al vincularse con el sacerdote Carlo Crespi, quien durante años reunió en Cuenca una colección de objetos entregados por comunidades locales.

Entre estas piezas había láminas metálicas grabadas, figuras con iconografía poco común y objetos cuya procedencia no siempre fue documentada con precisión. Algunas presentaban símbolos que, según interpretaciones no verificadas, recordaban a escrituras de otras culturas antiguas.



Con el tiempo, estas piezas fueron asociadas —sin respaldo científico concluyente— con la supuesta “biblioteca metálica” descrita por Móricz. No obstante, investigaciones posteriores han señalado que la colección mezclaba objetos de distintos orígenes, incluyendo elaboraciones artesanales, lo que dificulta establecer una relación directa con la cueva.

Difusión internacional y construcción del mito
La historia tomó dimensión global cuando el escritor Erich von Däniken retomó el caso en The Gold of the Gods (1973), donde describió túneles artificiales, estructuras avanzadas y una biblioteca metálica asociada incluso a civilizaciones no documentadas.

Años después, el propio autor reconoció que no había estado en la cueva y que parte de su relato no correspondía a una verificación directa. Pero el impacto ya estaba hecho.
La expedición de 1976: evidencia y límites
En 1976 se organizó una expedición conjunta entre Ecuador y el Reino Unido, considerada la más grande realizada en la cueva. Más de un centenar de participantes —entre científicos, militares y especialistas— formaron parte del operativo, liderado por el ingeniero escocés Stanley Hall.

Entre los expedicionarios se encontraba Neil Armstrong, quien descendió al sistema en agosto de ese mismo año. El objetivo era comprobar o descartar las versiones que hablaban de estructuras artificiales en el interior.
El resultado oficial estableció que no se encontró evidencia de construcciones avanzadas ni de una biblioteca metálica. Sin embargo, la expedición sí documentó formaciones geológicas relevantes, restos arqueológicos antiguos y confirmó que el sistema de cuevas era más amplio de lo que se conocía.
También dejó una conclusión clave: la cueva no fue explorada en su totalidad.

Un sistema parcialmente documentado
A pesar de décadas de interés, la Cueva de los Tayos no cuenta con un mapeo completo. Existen zonas de difícil acceso y áreas que permanecen sin registro detallado.
El conocimiento más preciso del lugar continúa, en gran medida, en manos de las comunidades Shuar. Ese margen —entre lo documentado y lo desconocido— es lo que ha mantenido vigente el interés en el sitio.
La Cueva de los Tayos no es evidencia confirmada de una civilización desconocida. Pero tampoco es un caso completamente cerrado. Es un punto donde coinciden un entorno natural complejo, testimonios difíciles de verificar y una serie de interpretaciones que han crecido con el tiempo.
Sin duda una exploración que no ha terminado de contar su historia.

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Fuentes bibliográficas
- Chionetti, A. (2019). Mysteries of the Tayos Caves: The Lost Civilizations Where the Andes Meet the Amazon. Bear & Company.
- Däniken, E. von. (1973). The Gold of the Gods. Bantam Books.
- Frankland, J. (1978). The Los Tayos Expedition. Caving International.
- Porras, P. (1978). Arqueología de la Cueva de los Tayos. Pontificia Universidad Católica del Ecuador.
- Peña Matheus, G. (2011). Historia documentada del descubrimiento de las Cuevas de los Tayos. Quito.
- British Cave Research Association. (1976). Tayos Expedition Reports.


