El emblemático Estadio Beto Ávila, casa del béisbol profesional y símbolo deportivo de Veracruz, fue escenario este fin de semana de un hecho que ha despertado indignación y controversia en redes sociales y entre sectores ciudadanos: su uso para un evento masivo de la congregación “La Luz del Mundo”.
Lo que en otros años ha sido un recinto de orgullo local y pasión deportiva, ahora se vio transformado en una gigantesca sede religiosa, en medio de fuertes críticas hacia las autoridades estatales y municipales que autorizaron el uso de un espacio público para un grupo envuelto en múltiples controversias a nivel nacional e internacional.
Lo que antes fue un templo del deporte, hoy parece un altar del cinismo.
La ironía que enoja a Veracruz
Para muchos veracruzanos, el hecho raya en lo absurdo: mientras el estado atraviesa dificultades económicas, daños recientes por desastres naturales y una crisis moral evidente en las instituciones, se permite que una organización religiosa —cuya dirigencia ha enfrentado acusaciones graves en distintos países— ocupe el estadio principal de la ciudad.
“¿Dónde queda la ética del Estado? No hay recursos para reconstruir colonias afectadas, pero sí para prestar recintos públicos a una secta con antecedentes judiciales. Es insultante”, expresó un usuario en redes sociales, reflejando el sentir general.
En tanto, en Poza Rica, los afectados por las lluvias continúan reclamando la falta de apoyos gubernamentales y la desaparición del Fondo de Desastres Naturales (FONDEN), lo que agrega más indignación al contraste: millones gastados en eventos religiosos, mientras el pueblo sigue esperando ayuda.

El trasfondo que muchos quieren ignorar
La congregación “Luz del Mundo” ha sido objeto de investigaciones y cuestionamientos en distintos países, luego de que algunos de sus líderes fueran señalados por delitos de abuso y manipulación. En México, su influencia política y económica ha sido tema de debate durante años, especialmente por su cercanía con figuras del poder y su capacidad para congregar multitudes bajo un discurso religioso revestido de autoridad.
El uso del Estadio Beto Ávila, sin embargo, va más allá de lo religioso: pone en entredicho la moral pública y la administración de los bienes del Estado. ¿Quién dio el visto bueno? ¿Qué criterios se tomaron en cuenta para permitir que una institución de carácter tan polémico ocupará un recinto deportivo?
Hasta el momento, las autoridades locales no han emitido un comunicado formal que explique las razones detrás de la autorización del evento. Y nunca la habrá.
Un símbolo que pierde su esencia
El Estadio Beto Ávila ha sido, durante décadas, punto de encuentro para familias, fanáticos del deporte y eventos culturales. Hoy, su nombre aparece en titulares por motivos ajenos a su propósito original. Para muchos, esto representa una herida en la identidad de Veracruz: un lugar concebido para la unión a través del deporte, convertido temporalmente en tribuna de un movimiento señalado por su oscura moral.
La pregunta que flota es inevitable: ¿en qué momento las instituciones comenzaron a normalizar el uso de espacios públicos para fines que dividen, manipulan o comprometen los valores de la comunidad?
Porque más allá del evento en sí, lo que preocupa no es la fe de unos cuantos, sino la indiferencia de quienes deberían proteger el espíritu de lo que representa ser veracruzano.


